TPM, pilares y liderazgo: una distinción necesaria
Por qué el liderazgo no opera como un pilar, sino como el sistema que hace posible el TPM
Por: Humberto Alvarez Laverde
Recientemente he visto una interpretación del liderazgo como un pilar TPM y vale la pena ser revisada con rigor. La afirmación seguramente busca la buena intención de fortalecer el liderazgo como esencia del proceso de implantación, pero conceptualmente es equivocada. No porque el liderazgo no sea crítico, sino porque reducirlo a un pilar técnico distorsiona su verdadera función y, seguramente, puede debilitar el propio proceso TPM.
Los pilares del TPM fueron concebidos por el JIPM con una lógica perfectamente diseñada con una coherencia operativa. Son sistemas diseñados para identificar, medir, eliminar y prevenir pérdidas que afectan al rendimiento del negocio. No representan valores ni aspiraciones culturales; representan mecanismos concretos de mejora específicamente enfocados en la optimización de los procesos empresariales. Fallas, microparadas, defectos, accidentes, pérdidas de coordinación, pérdida de agilidad, desperdicio de conocimiento, etc. Cada pilar existe porque hay una pérdida específica que tiene la oportunidad de ser reducida o eliminada y un método estructurado para hacerlo de forma sostenible. Esa es la esencia del TPM desde sus inicios.
Desde ese marco, la pregunta es inevitable: ¿qué pérdida elimina el liderazgo cuando se le define como pilar? ¿Dónde se mide su impacto con la misma lógica que el resto de los pilares? ¿Qué sistema comparable despliega? La ausencia de respuestas claras no es anecdótica; revela que estamos confundiendo niveles distintos del sistema de gestión.
El liderazgo no opera como un pilar porque no actúa en el plano de la eliminación y prevención directa de pérdidas de las operaciones de empresa. Opera en un plano previo y más esencial. No es un mecanismo de mejora, sino la condición urgente que permite que los mecanismos funcionen. El liderazgo no está dentro del TPM; está antes y alrededor de él. Intentar encapsularlo como pilar suele derivar en soluciones formales pero poco transformadoras: programas de liderazgo desconectados del sistema real de decisiones, modelos de competencias sin impacto en la gestión cotidiana, discursos que no alteran prioridades ni comportamientos y ningún soporte y efecto corporativo.
En realidad, el liderazgo en TPM debe entenderse como un proceso corporativo transversal. Es el conjunto coherente de decisiones, reglas del juego y comportamientos directivos que crean —o destruyen— el espacio organizacional donde el TPM puede desarrollarse. No es una columna del edificio de pilares TPM; es el terreno sobre el que el edificio se construye. Cuando ese terreno es sólido, los pilares se integran y evolucionan. Cuando es inestable, los pilares se convierten en estructuras frágiles, dependientes de presión externa o de esfuerzos heroicos individuales.
Por eso, cuando el TPM fracasa, rara vez lo hace por falta de método. Fracasa por incoherencia directiva. Se exige disciplina, pero se premian atajos. Se habla de autonomía, pero se penaliza el error. Se promueve la mejora continua, pero las decisiones estratégicas siguen dominadas por la urgencia del corto plazo. Ningún pilar puede compensar un sistema de gobierno que envía señales contradictorias.
Desde esta perspectiva, el liderazgo no “apoya” al TPM. Lo define. Define si los indicadores sirven para aprender y mejorar o solo para servir de instrumentos de presión o control para lograr resultados. Define si la estandarización es una ventaja competitiva o una carga burocrática operativa. Define si el desarrollo de personas es una inversión estratégica o un coste accesorio. En última instancia, define si el TPM es un proyecto temporal o una forma estable de dirigir la organización.
No es casual que, en los modelos originales del TPM y en los marcos europeos más avanzados de excelencia operacional como el Premio a la Excelencia Industrial, el liderazgo no aparezca como pilar técnico. Es un macroproceso de soporte. Se entiende como una responsabilidad indelegable del sistema directivo. No como herramienta, sino como gobierno. No como método, sino como coherencia entre propósito, decisiones y comportamiento. Cuando esta distinción se pierde, el TPM se degrada y se convierte en un programa de buenas intenciones.
Insistir en tratar el liderazgo como pilar no es solo un error conceptual; es una forma sutil de reducir la responsabilidad de la alta dirección. Convertirlo en pilar permite delegarlo, medirlo superficialmente y gestionarlo como un despliegue más. Reconocerlo como proceso corporativo obliga, en cambio, a revisar cómo se dirige realmente la organización.
Este razonamiento va más allá del TPM. Aplica a Lean, a la digitalización, a la inteligencia artificial y a cualquier transformación operativa ambiciosa. El liderazgo no es un pilar de cada modelo; es el ecosistema común que los hace viables. Fragmentarlo por iniciativas es, muchas veces, una forma elegante de evitar la pregunta clave: ¿está nuestro sistema de dirección preparado para sostener una transformación real?
Porque los pilares sostienen los resultados. Pero el liderazgo sostiene la posibilidad misma de tener pilares. Confundir ambos no es una buena práctica. Es una de las razones por las que tantas transformaciones técnicamente correctas fracasan en silencio.
Un saludo, y hasta la próxima entrega de valor …
