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¿De verdad necesita su empresa un Coordinador TPM?

Una reflexión estratégica que pocos líderes industriales están abordando

Por: Humberto Alvarez Laverde

En muchas organizaciones industriales se ha consolidado una figura que rara vez se cuestiona: el Coordinador TPM. Su presencia se da por supuesta en organigramas, programas de formación y modelos de implantación. Se interpreta como una pieza necesaria para garantizar orden, seguimiento y avance.

Sin embargo, desde una perspectiva directiva, la pregunta relevante no es operativa, sino estructural:
¿por qué una organización necesita un rol específico para coordinar algo que, por definición, debería formar parte de su sistema de gestión?

El TPM —Total Productive Maintenance— no es un programa, ni una metodología aislada, ni una iniciativa del área de mantenimiento. Es un modelo de funcionamiento organizativo cuyo propósito es claro: maximizar la eficiencia global del negocio a través de la gestión integral de los activos, los procesos y las personas.

Y la palabra clave es “Total”.

“Total” implica algo mucho más exigente que aplicar herramientas o desplegar pilares. Implica diseñar un sistema de liderazgo distribuido, donde la responsabilidad por el desempeño de los equipos, la mejora continua y la fiabilidad operacional está integrada en todas las áreas y niveles de la organización.

Cuando esto no ocurre, aparece la necesidad de coordinación.

En muchas organizaciones occidentales, el TPM se introduce como un programa paralelo: con su propio roadmap, sus indicadores, sus rutinas y su gobernanza. Y como cualquier iniciativa transversal, se le asigna una figura central que conecte las piezas. Así nace el Coordinador TPM.

Pero esta figura no es el resultado de un sistema maduro. Es, en la mayoría de los casos, un mecanismo de compensación.

Compensa la falta de alineación entre áreas.
Compensa la debilidad en el liderazgo de línea.
Compensa la ausencia de responsabilidad compartida sobre los activos.
Compensa, en definitiva, un problema de diseño organizativo.

El riesgo es claro: lo que debería ser una responsabilidad distribuida se centraliza. Y lo que debería ser cultura operativa se convierte en una función.

Las organizaciones que han integrado el TPM de forma consistente operan bajo una lógica distinta. No gestionan el TPM como un programa, sino como parte de su sistema de gestión.

En ese contexto:

  • Producción es propietaria del rendimiento de los equipos.
  • Mantenimiento ejerce liderazgo técnico y estratégico.
  • La mejora continua está integrada en el trabajo diario.
  • Y, especialmente, existe un sistema robusto de gestión transversal.

Aquí es donde el concepto de cross-functional management adquiere todo su peso.

El TPM no funciona por coordinación vertical, sino por integración horizontal.
Y esa integración no se consigue con una figura central, sino a través de mecanismos estructurados de gobernanza: los comités de pilar.

Los comités de pilar no son foros informativos ni espacios de seguimiento. Son órganos de gestión transversal donde se toman decisiones, se alinean prioridades y se gestiona el desempeño del sistema más allá de las fronteras funcionales.

Son, en esencia, el verdadero motor del “Total”.

Cuando estos comités funcionan correctamente:

  • Rompen silos organizativos.
  • Alinean objetivos entre áreas.
  • Generan corresponsabilidad real.
  • Y trasladan el liderazgo del TPM a la línea, donde debe estar.

Cuando no existen, o funcionan de manera débil, la organización recurre inevitablemente a la coordinación centralizada.

Y ahí aparece el Coordinador TPM.

A corto plazo, esta figura aporta orden y continuidad.
A medio plazo, introduce dependencia.
Y a largo plazo, limita la madurez del sistema.

Porque el mensaje implícito es peligroso: el TPM pertenece a alguien.

Desde el punto de vista de un comité ejecutivo, esto debería encender una señal de alerta. No estamos ante un problema de ejecución, sino de arquitectura organizativa.

La pregunta clave no es quién coordina el TPM, sino si el modelo de gestión está diseñado para que el TPM ocurra de forma natural.

Esto implica:

  • Claridad radical en responsabilidades.
  • Liderazgo activo en la línea.
  • Sistemas de gestión que integren la mejora y el mantenimiento en la operación diaria.
  • Y, sobre todo, mecanismos eficaces de gestión transversal.

En este contexto, el rol del Coordinador TPM solo tiene sentido como elemento temporal: un facilitador del cambio cuyo objetivo es desarrollar capacidades internas y desaparecer progresivamente.

Cuando se convierte en una figura estructural, la organización no ha resuelto el problema de fondo. Lo ha desplazado.

El TPM no fracasa por falta de coordinación.
Fracasa cuando el liderazgo no está distribuido, cuando la gestión sigue siendo funcional y cuando la organización no es capaz de operar como un sistema integrado.

El verdadero reto no es implantar TPM.
Es rediseñar la organización para que funcione mejor.

Y eso no se delega.

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