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Transformar la cultura para sostener el TPM

Desarrollo organizacional y liderazgo para una excelencia industrial sostenible

Por: Humberto Alvarez Laverde y Yolanda Acosta Urrego

PARTE B

Las fábricas que deciden avanzar en TPM suelen hacerlo impulsadas por una necesidad operativa clara: mejorar la confiabilidad, reducir pérdidas, estabilizar procesos o prepararse para mayores niveles de exigencia tecnológica. Sin embargo, la experiencia demuestra que el verdadero desafío rara vez es técnico. Es cultural.

A lo largo del trabajo realizado con organizaciones industriales de distintos tamaños —desde plantas medianas hasta complejos industriales de gran escala— y en diversos sectores productivos, se repite un patrón común: las herramientas técnicas pueden implantarse con relativa rapidez, pero su sostenibilidad depende de comportamientos, hábitos de coordinación y estilos de liderazgo mucho más profundos. Allí es donde se juega el éxito o el fracaso del TPM.

Desde una perspectiva más organizacional, el TPM puede y debe entenderse como algo más que un sistema estructurado de mantenimiento. En su dimensión más profunda humana, es un instrumento de aprendizaje organizacional. Cada uno de sus pilares exige disciplina colectiva, coordinación transversal, claridad en los compromisos y capacidad para aprender sistemáticamente de los errores. Si estas competencias culturales no están desarrolladas, el TPM se convierte en un conjunto de herramientas frágiles, dependientes del impulso inicial o de personas concretas como figuras de un facilitador o coordinador TPM.

Cuando se aborda con madurez, el TPM obliga a la organización a revisar cómo piensa y cómo gestiona y como compromete a los equipos de la compañía. El análisis de averías deja de centrarse en culpables y pasa a enfocarse en causas estructurales. El mantenimiento autónomo desarrolla responsabilidad compartida entre producción y mantenimiento. La mejora enfocada entrena la capacidad de resolver problemas con método. El mantenimiento preventivo desarrolla disciplina y anticipación en la gestión técnica. El pilar early management introduce aprendizaje anticipado en el diseño de nuevos equipos y procesos. En este sentido, el TPM no solo mejora máquinas; fortalece la capacidad de la organización para aprender.

Proceso de cambio

Ahora bien, transformar una cultura no ocurre de manera instantánea ni lineal. El cambio humano sigue una lógica progresiva. Las personas y los equipos atraviesan diferentes momentos internos antes de modificar comportamientos consolidados durante años. Comprender esta dinámica es fundamental para no forzar procesos ni interpretar resistencias como falta de compromiso.

En muchos casos, el punto de partida es una fase en la que los líderes reconocen que existen problemas técnicos, pero aún no perciben que el origen pueda estar en sus propias formas de coordinar y liderar. La conversación gira en torno a herramientas, recursos o capacidades técnicas. En esta etapa, el diagnóstico cultural cumple una función clave: hacer visible aquello que hasta ese momento permanecía implícito.

Por eso, cualquier intervención orientada a desarrollar el TPM de forma sostenible comienza con un diagnóstico cultural riguroso. Coaches expertos realizan conversaciones estructuradas con los líderes de la fábrica: director de planta, responsables de producción, mantenimiento, calidad y mandos intermedios clave. El objetivo no es evaluar conocimientos técnicos, sino identificar comportamientos recurrentes, hábitos de coordinación, estilos de liderazgo y narrativas históricas que influyen en el desempeño.

A través de estas conversaciones comienzan a emerger patrones que permiten ampliar la mirada. Algunos líderes empiezan a reconocer que ciertas tensiones entre áreas no son inevitables, que determinadas reuniones no generan compromisos claros o que la urgencia permanente impide aprender de los errores. Este momento es crucial porque marca el paso desde la explicación externa hacia la reflexión interna.

La información recogida se sintetiza en un grid cultural que ofrece una visión integrada de la situación. En él se reflejan tanto los comportamientos que fortalecen el aprendizaje organizacional como aquellos que lo limitan. Este mapa no busca generar culpa, sino conciencia. Cuando el equipo puede observar con claridad sus propios patrones, se abre la posibilidad real de decidir cambiarlos.

A partir de esta toma de conciencia comienza una fase más deliberada. El equipo ya no solo reconoce las brechas culturales, sino que empieza a explorar alternativas. Es aquí donde se diseñan los talleres y espacios de trabajo orientados a desarrollar nuevas competencias conversacionales de management y de liderazgo. Se introducen distinciones nuevas que permiten diferenciar hechos de juicios, declaraciones de opiniones y compromisos explícitos de expectativas tácitas. La cultura empieza a ser tratada como algo que realmente se puede gestionar y aprender.

Este trabajo cultural no se desarrolla como un programa paralelo o independiente del despliegue técnico de los pilares TPM. Por el contrario, se realiza en simultáneo y tomando como base la gestión concreta de las actividades técnicas que se están implantando. Las primeras etapas de mantenimiento autónomo, las dinámicas de mejora enfocada y la estructuración del mantenimiento preventivo se convierten en el campo práctico donde se entrenan los nuevos comportamientos aportados.

Las reuniones de análisis de avances, la definición de estándares iniciales, la planificación de tareas preventivas o los primeros pasos de inspección y ajuste no son solo actividades técnicas. Son espacios donde se pone en práctica la calidad de los compromisos, la claridad de las responsabilidades y la madurez en la coordinación entre áreas. La intervención cultural se apoya en estos procesos reales, observando y fortaleciendo la manera en que se gestionan.

Sin embargo, decidir cambiar no equivale a cambiar. El siguiente momento es el de la experimentación. En esta etapa los líderes intentan aplicar nuevas formas de coordinar, formular pedidos más claros a sus equipos o colegas de otras áreas, delegar con sentido o gestionar conflictos de manera más directa mientras avanzan en la implantación técnica de los pilares. Es un periodo de prueba y ajuste. Aparecen avances, pero también retrocesos. Algunas conversaciones difíciles se logran abordar; otras se postergan. Parte del trabajo consiste en normalizar estas oscilaciones como parte natural del proceso humano.

Las reuniones de trabajo observadas que realizamos cumplen aquí una función esencial. Acompañar la práctica real de las distinciones enseñadas en el marco del despliegue técnico del TPM y ofrecer retroalimentación específica. Se refuerzan los comportamientos emergentes y se señalan incoherencias sin dramatizarlas. El cambio cultural se consolida en la acción cotidiana vinculada a la gestión real del mantenimiento y la producción, no en discursos abstractos o motivacionales sobre liderazgo.

Paralelamente, el coaching individual y de equipo que utilizamos apoya las transiciones personales que todo proceso de transformación implica. Intervenir o ayudar a ciertas personas que dificultan el proceso, modificar estilos de liderazgo consolidados durante años requiere revisar creencias profundas sobre autoridad, control y responsabilidad. Algunas resistencias no son oposición consciente, sino protección de identidades profesionales construidas a lo largo del tiempo. Trabajar estas dimensiones permite sostener el cambio más allá del entusiasmo inicial. Este trabajo debe ser realizado por coaches profesionales para cuidar a cada uno de los integrantes de los equipos.

Con el paso de los meses, cuando las nuevas prácticas comienzan a repetirse con consistencia y se integran en la gestión técnica diaria, la organización entra en una etapa de mayor estabilidad. Las conversaciones se vuelven más claras, los compromisos más verificables y los conflictos más abordables. El TPM deja de depender de impulsos puntuales y empieza a integrarse en la gestión habitual de la fábrica como una forma natural de operar.

No obstante, incluso en esta fase pueden aparecer recaídas, especialmente ante presiones externas o crisis operativas. Comprender que el cambio cultural no es irreversible ayuda a mantener la vigilancia y el acompañamiento. La consolidación requiere sostener los nuevos comportamientos hasta que formen parte natural de la identidad colectiva.

Transformar la cultura para sostener el TPM no significa realizar charlas motivacionales o conceptuales sobre cambio, ni imponer un modelo externo. Significa integrar de manera coherente la dimensión técnica y la dimensión humana, acompañando un proceso gradual donde liderazgo y operación evolucionan juntos. Cuando esta lógica se respeta, la mejora no se vive como una exigencia externa, sino como una evolución interna.

El verdadero impacto del TPM, cuando se integra con liderazgo y desarrollo cultural, no se limita a la confiabilidad técnica. Se manifiesta en una organización capaz de revisar sus propios hábitos mientras ejecuta con rigor sus prácticas técnicas, aprender de manera sistemática y sostener estándares elevados sin depender exclusivamente de la presión jerárquica. En ese punto, la fábrica no solo mejora sus resultados; fortalece su capacidad de transformación continua.

Un saludo y hasta la siguiente entrega.

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